Las fuerzas del cielo

  1. Pesadilla de Toribio

En una noche de enero de 2024, Toribio, el adolescente protagonista de este relato, se durmió muy inquieto después de leer un análisis elaborado mediante un sofisticado sistema de inteligencia artificial. El informe alertaba acerca del desastre terminal que le esperaría al país si fracasara el recientemente elegido gobierno republicano y volviera al poder el régimen populista.

Las limitaciones del presidente que podrían motivar su fracaso, serían: Sus escandalosos modales, sus sobreactuaciones infantiles en el plano internacional y en la política doméstica, su actitud soberbia, intolerante y agresiva frente a cualquier crítica, mal o bien intencionada y su dificultad para distinguir entre los socialdemócratas republicanos y los verdaderos enemigos de la república liberal.

Esas limitaciones personales lo debilitarían tanto, que ni sus aliados naturales podrían impedir su destitución mediante un juicio político. O peor aún, tal vez, para evitar semejante final, podría sr tentado a transar con los peores mafiosos de la política argentina.

Esa noche, Toribio, angustiado por lo que había leído, apenas cerraba los ojos era despertado por una espantosa pesadilla:  

En medio del caos provocado por la guerra civil, las naciones limítrofes invadían la República Argentina. Al mismo tiempo que hordas de asaltantes rompían puertas y ventanas de las viviendas para saquearlas, los aeropuertos y cuarteles eran bombardeados por el enemigo y sus blindados avanzaban ametrallando a quienes se les ponían adelante. 

Tanto el informe como la pesadilla, lo habían trastornado de tal manera, que aún después de pasados varios días ni siquiera se atrevía salir a la calle.

Fue entonces, que sus padres, Ángel y María, decidieron llevarlo a un psicólogo.

Durante la consulta, mientras le explicaban la situación al profesional, Toribio, sumergido en sus pensamientos, se mantenía en silencio.

— Es apenas un adolescente y vive pendiente de los programas políticos de la televisión y de los chismes de las redes sociales — dice Ángel, y agrega — Para empeorar las cosas, la pesadilla que tuvo hace unos días, todavía la revive por las noches. Y eso le dificulta el sueño.

— Además, — interviene María — así como el resultado de la última elección presidencial lo alegró como a buena parte de los adolescentes argentinos, lo abruman la intolerancia de quienes se oponen a las ideas de la libertad y la amenaza de juicio político al presidente.  

— Nosotros le explicamos que aunque el juicio político prosperara, asumiría la vicepresidente y pondría las cosas en orden, agrega Ángel.

Toribio, piensa — “Capacidad no le faltaría a la vice, ¡qué joder! Pero ¿por qué no le dicen de una buena vez al psicólogo, que lo que más me molesta es el proyecto que tienen para rajarse del país como un par de cagones?”

El profesional escucha a los atribulados padres y observa con atención los gestos de   Toribio, que se mantiene callado pero no deja de moverse, inquieto, en su silla.

Se considera una curiosa oveja negra entre sus colegas porque no profesa el dogma populista.

— Creo comprender la preocupación de Toribio, — explica. — Puede ser que el desaforado personaje que la mayoría eligió, tal vez no haya sido la mejor opción que tenía la tribu liberal. Pero, como sabemos que quiere ir al mismo lugar al que queremos llegar quienes valoramos la libertad y pretendemos vivir de nuestro trabajo, terminó siendo la opción inevitable cuando del otro lado quedaba solamente el poderoso conglomerado de mafias que destruyó el país.

“¡Qué raro! Parece que este matasanos no pertenece al gremio de los psicobolches” — reflexiona Toribio — “Pero olvida decir que si nosotros lo elegimos es porque creemos que solo un loco desaforado podría arreglar semejante kilombo.

— De todas maneras, — continúa el profesional, observando a Toribio de reojo, — como no estamos aquí para hablar de política, sino de Toribio, necesito tener una conversación a solas con él. Mientras tanto, Uds. pueden esperar en el recibidor o pasar a buscarlo dentro de cincuenta minutos.

Ángel y María coinciden en que el lugar para hablar de política no es ese ni tampoco ningún otro. Son fervientes defensores del “no te metás” y hasta les cuesta entender el interés de su hijo por los asuntos públicos.

El profesional, luego de mantener la entrevista en privado con el muchacho, se da cuenta de que, si bien sus miedos están muy vinculados a la situación del país, los motivos de su angustia se explican principalmente por la intención de sus padres de abandonar todo e irse al extranjero, dejando a la Argentina en manos de quienes la arruinaron.

De todas maneras, como Toribio no presenta síntomas patológicos, solo recomienda que se tome unas largas vacaciones al aire libre, lejos de las lecturas políticas, de la televisión y de las redes sociales. Eso debiera ser suficiente para tranquilizarlo. Por las dudas, para ayudarlo a dormir bien, sugiere que en caso de insomnio, tome algún relajante suave de venta libre. Si al cabo de un mes la situación no cambiara, les indica que vuelvan a consultarlo. Discutirán entonces la conveniencia de comenzar un tratamiento. Pero por ahora, eso no será necesario.

A raíz de dicha recomendación, los padres de Toribio, aprovechando las vacaciones de verano, deciden enviarlo a “Los Nogales”, la quinta de los abuelos situada en el delta del Paraná. Allí, don Elías, el padre de Ángel y doña Benita, su tercera esposa, viven acompañados por un casero llamado Juan, que ocupa una casita cercana y los ayuda en las tareas rurales.

Tanto el psicólogo como Ángel y María, confían en que un par de meses de tranquilidad en el cálido refugio isleño, bastarán para ayudarlo a superar el trance. Pero lo que ignoran es que a don Elías también lo había atormentado una espeluznante pesadilla la misma noche de enero.

  • Pesadilla de don Elías

Era plena noche y los nubarrones ocultaban la luna y las estrellas. Don Elías descubría a su esposa realizando un extraño ritual en una especie de altar profano instalado en medio de la floresta. El murmullo ininteligible que brotaba de los labios inmóviles de la anciana lo llenaba de pavor.

Doña Benita, en pleno trance, invocaba a misteriosos Poderes Ocultos para que protegieran a Toribio, al que imaginaba amenazado por un grave peligro.

Los extraños sonidos que salían de su garganta eran respondidos por los graznidos de un búho, que, posado en la rama más baja de un sauce cercano, clavaba en ella la mirada de uno de sus ojos y en don Elías la mirada de su otro ojo. Participaba activamente de la sesión sin abandonar la vigilancia de su entorno. El animalejo calzaba un par de anteojos y escribía en un cuaderno de hojas negras. Con una de sus garras tomaba el cuaderno y con la otra aferraba un gruesa plumón que mojaba en la tinta blanca contenida en una hendidura de la rama.

Don Elías, sumergido en las profundidades del sueño, sintió tanto miedo que se le erizaron los pelos, le corrió un escalofrío por la espalda y sus piernas comenzaron a temblar.

 Apenas notaron su presencia, la anciana y el búho desaparecieron de su vista envueltos en un remolino más oscuro que la noche.

Al llegar a su casa, jadeando por la tremenda impresión y por el esfuerzo realizado para mover las piernas, que apenas le respondían, encontró a su esposa durmiendo. El búho vigilaba su sueño desde la mesita de luz.

El anciano se despertó aterrorizado cuando la luz de un rayo, seguida de inmediato por la tremenda explosión del trueno, iluminó la habitación.

Minutos después, cuando observa en el espejo del baño su rostro desfigurado por el susto, descubre que su cabello había desaparecido. Al regresar a la cama cree ver a una gigantesca araña blanca sobre la almohada. A punto de desmayarse por la impresión, se da cuenta de que es una mata desordenada de su propio pelo.

Durante la mañana siguiente, como todos los días de verano, ambos ancianos desayunan en la galería frente al río. A medida que don Elías describe su pesadilla, regresan a la memoria de doña Benita recuerdos de su niñez.

Su abuelo, descendiente de chamanes, la había adiestrado para utilizar ciertas hierbas silvestres para usos medicinales. También le dijo que había nacido con la natural condición de vidente, cualidad que ella ya había descubierto por su cuenta y que aún conservaba. Por ejemplo, desde hacía varios días, percibía que Toribio no estaba bien y eso la inquietaba. Y así lo reconoce apenas don Elías termina con su relato. 

 — En cualquier momento llegará, sé que nos necesita.

— ¿Te gusta jugar con la magia, Benita? — Le pregunta con temor su marido, todavía conmocionado por la pesadilla que lo había dejado calvo.

Doña Benita había sido su primer amor juvenil, pero luego la vida los llevó por rumbos distintos. Muchas décadas después, la casualidad hizo que se reencontraran y solitarios los dos, decidieron unir sus destinos. Ahora, la ocasión le parece oportuna para relatarle a su marido cosas de su propio pasado que tenía prácticamente olvidadas.

— El día en que cumplí quince años, mi querido abuelo me regaló un pequeño estuche conteniendo una piedra y me recomendó que no la perdiera. Solo debería utilizarla cuando alguien necesitara mi ayuda para cumplir con una noble misión. En algún momento de mi vida adulta me daría cuenta de quién sería el destinatario, pero mientras tanto, mi deber era conservarla hasta recibir una clara señal. 

Don Elías escucha atento el relato de su mujer.

— Además de darme el estuche con la piedra, me dictó unas palabras que debía memorizar. Repitiéndolas un cierto número de veces, invocaría a las Entidades del Más Allá para que me permitieran utilizar los poderes que él había heredado y que en ese momento yo misma recibiría. Me describió además una serie de cosas raras que yo, en ese futuro impreciso, podría llegar a hacer.  Por supuesto que le agradecí el regalo, pero no le di ninguna importancia. Tampoco le di importancia a esos presuntos poderes. Los consideré simples tonterías producto de la avanzada edad de mi abuelito.

Don Elías, impávido, la sigue escuchando.

— Eso ocurrió hace más de medio siglo.  Ayer, la profunda preocupación por Toribio me trajo el recuerdo lejano de lo que se me había advertido acerca de mis potenciales talentos. Decidí entonces ponerlos a prueba utilizando las palabras que, hasta ese momento, es lo único que nunca había podido olvidar.  Así descubrí que dichos poderes existían y que debía tomarlos muy en serio. ¡Lamentablemente, vos, al asistir al conjuro sin una advertencia previa, te llevaste el susto de tu vida!  Y de verdad lo siento. ¡Pensá que todo ocurrió porque quería asegurarme de que Toribio estuviera bien!

— Pero entonces — pregunta su esposo, alarmado — ¿Lo que yo viví, fue realidad o fue pesadilla?

— Las dos cosas. Fue una pesadilla tan real como lo son todas las pesadillas y en ella se reprodujo la invocación a los Poderes Ocultos que acababa de hacer.

 Don Elías, bastante incómodo ante la naturalidad que demuestra su esposa para explicar hechos tan asombrosos, no queda nada conforme. Y así lo manifiesta.

— Benita, ¿Era necesario que te metieras en estas cosas raras? ¿No te resultaba suficiente andar con los yuyos? Explicame por favor, cómo y por qué yo pude revivir ese conjuro y, sobre todo ¿Qué diablos sucedió con mi pelo?

Doña Benita responde con la misma tranquilidad con la que sirve café en ambas tazas.

— El don de la premonición lo tuve desde mi nacimiento y los otros dones me fueron anunciados por mi abuelo, como te acabo de comentar. Yo era poco más que una niña pero ahora recuerdo cada palabra que me dijo.

 Don Elías, que la escucha con el ceño fruncido, insiste.

— Creo que merezco una explicación un poco más clara. ¿No te parece? La impresión que recibí fue tan grande que creí que me moría.  

— Quedate tranquilo Elías. Mi abuelo me aseguró que con esos dones yo no podría perjudicar a nadie, ni siquiera indirectamente. Solo me serían concedidos para hacer el bien. Eso sí, también me advirtió que, como nadie es perfecto, a veces podría equivocarme y cometer algún pequeño error, como cualquier ser humano. Eso fue lo que me sucedió y tu calvicie es la consecuencia de ese error.

Enseguida agrega con una sonrisa pícara intentando suavizar, en vano, la mirada hosca de su marido — ¡Pero no te preocupes querido, la pelada te favorece!

Don Elías no disimula un gesto de desagrado.

— Mi abuelo me dijo — continúa, ignorando el enojo creciente de su marido — que los poderes mágicos son otorgados por Entidades Etéreas que existen en una dimensión que está más allá de nuestro entendimiento. Si los privilegiados que reciben tales dones intentaran beneficiarse con ellos, demostrarían ser indignos de la misión que deben cumplir. En tal caso, serán condenados a transitar insatisfechos y tristes el resto de sus vidas por no haber estado a la altura del más importante desafío existencial, que es nada menos que cumplir con el propósito para el cual todos nacemos.

Cuando doña Benita termina de hablar, don Elías permanece en silencio durante un largo rato. Reflexiona acerca de lo absurdo de la situación. ¿Se habrán vuelto locos él o su esposa? ¿Se habrán vuelto locos ambos? ¿Estará soñando todavía?

Su calvicie y el dolor que siente en su brazo izquierdo, al apretarlo con disimulo, lo convencen de que está despierto.

Había sido testigo de muchas cosas raras durante su vida, pero nunca de algo semejante.

Siempre creyó ser una persona racional, pero ahora comienza a sospechar que extrañas circunstancias, ¿Las misteriosas entidades, tal vez? lo estaban empujando a dejar de serlo. Por lo tanto, cuando decide retomar la palabra, lo hace con calma, con buen humor y un toque de prudente escepticismo.

— Contestame una pregunta más, Benita: ¿Vivir insatisfecha el resto de tu vida e invadida por una tristeza infinita, no te resultaría demasiado aburrido?

— ¿Demasiado aburrido? No lo creo, Elías. En un país como el nuestro, ¡es imposible aburrirse! — replica doña Benita, riendo, y aliviada al escuchar las carcajadas de su marido.

— Con respecto a la visita de Toribio, estoy segura de que está por venir porque nos necesita. Como te dije, el conjuro en el que me descubriste durante tu pesadilla, me sirvió para confirmarlo. Vas a ver que no han de pasar muchos días hasta que lo veamos aparecer por aquí. Mientras tanto, ¿Por qué no le mandás a Ángel una paloma mensajera preguntando si todos están bien?

— De acuerdo. Te prometo que lo haré si en una semana no tenemos noticias.

Aunque parezca mentira, los abuelos se comunicaban con su familia de esa manera. La paloma mensajera siempre vuelve al sitio donde fue criada. Se le adosa en una de sus patitas un pequeño tubo conteniendo el mensaje. Al soltarla, se eleva muy alto para orientarse. Apenas lo consigue, vuela rápido como una flecha hasta su hogar. La distancia entre la quinta en los confines del delta bonaerense y la casa de Toribio en la ciudad, la cubre en menos de una hora.

La familia sabe que en caso de necesidad extrema, a los abuelos les bastaría con soltar una paloma sin ningún mensaje y ellos, que viven en San Fernando, muy cerca del río Luján, acudirían en su ayuda apenas pudieran. Con su lancha, en menos de dos horas de navegación estarían en condiciones de auxiliarlos. Si el problema fuera extremadamente crítico y al llegar se encontraran con lo peor… — ¡Mala suerte! — dicen los abuelos con una sonrisa. Ellos prefieren correr ese riesgo pero vivir tranquilos sin padecer miedos tontos. Después de todo, replican ante cualquier admonición familiar, — por un evento inevitable que podrá ocurrir solo dos veces en la vida, no vamos a estar todo el tiempo temiendo que ocurra. Eso no sería vivir.

Periódicamente, por lo general una vez cada tres o cuatro semanas, Ángel y María llevan a Toribio a visitarlos. En ese momento intercambian las jaulas conteniendo las palomas que cada familia recibió de la otra. 

En realidad, don Elías tiene motivos personalísimos para vivir lejos de todo. Una vez retirado, se instaló en el delta con la intención de vivir en paz y al margen de las noticias políticas. Cree, como su hijo Ángel, que ya no verá a la Argentina transitar por la buena senda.  Está convencido de que su amado país había sido torpedeado en su obra viva cuando se destruyó la educación pública y no le queda otro destino que hundirse lentamente y sin remedio en la irrelevancia total. 

Durante años había hecho todo lo que estuvo a su alcance intentando revertir la situación junto a otros que pensaban como él. Pero ya no le quedan fuerzas ni entusiasmo para continuar con lo que considera una lucha estéril.

  • Toribio llega a la quinta

 Pasada una semana, durante el desayuno, doña Benita le recuerda a su esposo. — ¿Mandaste la paloma, Elías?

— La verdad es que me olvidé, Benita. Pero, creo que es mejor esperar unos días más, no quiero que nos tomen por dos viejos paranoicos.

Doña Benita se encoge de hombros y piensa — “Este cabeza dura cree que yo voy a seguir esperando. Ahora mismo me encierro en el baño, hago otro conjuro y mañana lo tenemos por acá. Lo voy a esperar con la comida que más le gusta”.

El día siguiente, apenas pasado el mediodía, la lancha colectiva atraca en el muelle de los “Los Nogales”.

¿Necesitas ayuda?