Menu

Mi nombre es Luis Iglesias, nací en la ciudad de Buenos Aires en 1946 y durante mi infancia y primera juventud viví en San Fernando, Pcia. de Bs. As.

En esa época, en Argentina abundaban las escuelas públicas como la Escuela Modelo N° 1, Marcos Sastre, adonde te enseñaban a leer, a escribir, Aritmética, Geometría, Ciencias Naturales, Historia y Geografía.

También a buscar bibliografía y a estudiar en la biblioteca pública, a bailar folclore, a fabricar un teatro de títeres y escribir los guiones e interpretarlos, pero sobre todo, te instalaban las normas básicas de urbanidad y respeto hacia el prójimo y hacia la ley:

"Si te portabas mal o no cumplías con tus obligaciones, te reprendían e informaban a tus padres, que, por supuesto, apoyaban al maestro"

Esas escuelas rivalizaban con éxito con las mejores escuelas privadas, que no eran muchas y sí muy caras.

El secundario lo cursé en la Escuela Superior de Comercio “Carlos Pellegrini,” en la que podías encontrarte, por ejemplo, con profesores de la estirpe del Sr. Dr. Don Miguel M. Migliaccio, a quien le resultaba inexplicable, y buena razón tenía, que en semejante escuela, dependiente de la Universidad de Buenos Aires, no se dictara una lengua clásica como el latín, indispensable para un humanista. O con una profesora de Literatura como María Luisa Biolcati, que nos hizo conocer personalmente a tantos escritores y poetas.

Luego de varios años de Facultad de Ciencias Económicas y de un par de sobrevuelos por Filosofía y Letras, comencé a dedicarme a diversas actividades comerciales hasta que me harté de trabajar para el fisco y para la próspera industria del juicio laboral y me puse a escribir y a editar mis propios libros.

Que es lo que siempre deseé.

Estos libros para niños y adolescentes que hoy ofrezco y los que ofreceré en el futuro en este sitio, son adaptaciones ilustradas de valiosas obras de la literatura universal.

Están escritos con toda intención para que sus lectores se diviertan y adquieran, tal vez, la saludable costumbre de leer y así abrir sus mentes a nuevos mundos; quizás puedan entonces pensar por sí mismos y evitar que sean otros los que piensen por ellos.

Si estas razones no fueran suficientes para algún padre distraído que se pregunte ¿Por qué debería mi hijo leer a los clásicos? Mi respuesta sería:

Pues nada menos que para elevar su espíritu, desarrollar su sentido estético, ampliar sus horizontes mentales y su vocabulario, por lo tanto, su capacidad intelectual, y, al alejarse de esa manera de la mediocridad que lo circunda y amenaza, poder alcanzar la suficiente capacidad crítica como, por ejemplo, nunca tener que preguntarse ¿por qué debería leer a los clásicos?